jueves, 18 de marzo de 2010

Nos vamos a tomar por saco

Cuánta paciencia, martes 16 de marzo de 2010

Pues resulta que el planeta está estresado, que tiene un problema de hiperactividad. Todos sabemos la fórmula: demasiada población, demasiada explotación de recursos, demasiado todo y demasiada poca cabeza. Pero esto lo dice de manera oficial el informe ‘La situación del mundo 2010’, que elabora cada año el Worldwatch Institute de Washington. El informe acojona, por decirlo de manera clara. Expone sobre todo que esta situación de crisis colectiva, natural e individual está en un punto de no retorno. O sea, que o cambiamos o nos vamos todavía más al garete. Otro “o sea”, que de este lío no tienen culpa mayoritaria ni Zapatero, ni Paulino y JotaEme Soria, menos mal.

El informe dice que la culpa de todo la tiene el consumo de todo. Y ahí lo tenemos difícil, porque en el tema del consumo somos un ejemplar animal rumboso, o sea, que nos encanta el tema y que nos hace feliz comprar cosas nuevas. De esto del consumo se quejan todos de vez en cuando, desde los budistas hasta los ecologistas, pasando por los apocalípticos que critican toda clase de consumo, menos el propio. El problema es que cuesta encontrar una solución global porque ya les digo, la sensación global es que el género humano no da para más, que no rige, que no aprende y que no es muy completo.

Cualquier persona que se maneje con un mínimo de responsabilidad digamos que verde en esta vida, se tropieza con múltiples ejemplos de congéneres de especie que actúan como si no hubiera límite, o mejor, como si no existiera un mañana. Problemón, porque esto es como el colesterol o la hipertensión, que están ahí pero no avisan hasta que te da el susto mayúsculo, y parece que estamos esperando a tropezarnos con un cataclismo disparatado, en forma de gran hambruna internacional o de desastre social colectivo, para darnos cuenta. O espera, que somos testigos de la inmigración digamos que ilegal, estamos padeciendo una crisis asfixiante, tenemos al clima algo desbocado. Pues sí, parece que la gran enfermedad está aquí, pero no nos apetece mucho darnos cuenta.

Nos vamos a tomar por saco

Cuánta paciencia, martes 16 de marzo de 2010

Pues resulta que el planeta está estresado, que tiene un problema de hiperactividad. Todos sabemos la fórmula: demasiada población, demasiada explotación de recursos, demasiado todo y demasiada poca cabeza. Pero esto lo dice de manera oficial el informe ‘La situación del mundo 2010’, que elabora cada año el Worldwatch Institute de Washington. El informe acojona, por decirlo de manera clara. Expone sobre todo que esta situación de crisis colectiva, natural e individual está en un punto de no retorno. O sea, que o cambiamos o nos vamos todavía más al garete. Otro “o sea”, que de este lío no tienen culpa mayoritaria ni Zapatero, ni Paulino y JotaEme Soria, menos mal.

El informe dice que la culpa de todo la tiene el consumo de todo. Y ahí lo tenemos difícil, porque en el tema del consumo somos un ejemplar animal rumboso, o sea, que nos encanta el tema y que nos hace feliz comprar cosas nuevas. De esto del consumo se quejan todos de vez en cuando, desde los budistas hasta los ecologistas, pasando por los apocalípticos que critican toda clase de consumo, menos el propio. El problema es que cuesta encontrar una solución global porque ya les digo, la sensación global es que el género humano no da para más, que no rige, que no aprende y que no es muy completo.

Cualquier persona que se maneje con un mínimo de responsabilidad digamos que verde en esta vida, se tropieza con múltiples ejemplos de congéneres de especie que actúan como si no hubiera límite, o mejor, como si no existiera un mañana. Problemón, porque esto es como el colesterol o la hipertensión, que están ahí pero no avisan hasta que te da el susto mayúsculo, y parece que estamos esperando a tropezarnos con un cataclismo disparatado, en forma de gran hambruna internacional o de desastre social colectivo, para darnos cuenta. O espera, que somos testigos de la inmigración digamos que ilegal, estamos padeciendo una crisis asfixiante, tenemos al clima algo desbocado. Pues sí, parece que la gran enfermedad está aquí, pero no nos apetece mucho darnos cuenta.

Trabaje menos jornada hasta los 67

Cuánta paciencia miércoles 17 de marzo de 2010

Ni idea de si quieren que trabajemos más o menos. O sea, por un lado sacaron aquel tiento de prolongar el curro hasta los 67 años. La consecuencia directa fue una oleada de protestas porque la gente, la verdad, no quiere trabajar, es lo que dicen los viejos habitualmente. Mucha campaña en contra de la jubilación a los 67 años, pero ninguna a favor. Por ningún lado se vio a una agrupación de parados alzar la voz para decir: “Oigan, que nosotros si hace falta, hasta los 67 y hasta los 77 trabajaríamos”. No, ponga usted jubilación a los 67 años en cualquier buscador y verá todos los grupos en contra de Facebook que le salen. Es extraño. Qué mejor que prolongar hasta los 67 años esas múltiples pausas para el cigarrillo a media mañana, ese llegar al trabajo y salir a desayunar, porque ya sabemos que en España nadie desayuna en su casa, esa pausa a las once para bajar otra vez a tomarse algo, esa pausa a la una para el aperitivo, y ese salir escopetado a las menos diez aunque la hora de salida sean las en punto.

Sé de muchos que cuando leen eso de “va a trabajar hasta los 67 años su santa madre” se parten de la risa, porque trabajar, lo que se dice trabajar, poca gente lo hace. El resto vive en un amago de trabajo.

Pero ahora resulta que quieren que trabajemos menos. O sea, esa cosa del contrato alemán que pueden leer ustedes en toda la prensa. El asunto es que el Gobierno de Canarias subvencionará una reducción de jornada. Se busca que los empresarios, en lugar de echar a gente, les hagan trabajar menos horas, que la institución de turno paga la diferencia de sueldo. En fin, que los trabajadores, entre cortado y cigarrito, llevan varias semanas la mar de entretenidos, haciendo unas argollas tremendas en el trabajo mientras discuten en el bar que van a trabajar más, o que ahora van a trabajar menos. Esto no hay quién lo entienda.

Sin luz

Cuánta paciencia, viernes 12 de marzo de 2010

Mira en Cataluña, que llevan ya varios días sin luz eléctrica por el temporal de nieve. Si aquí nos enfadamos por un corte de luz que no llega a un día de duración, no sé cómo estará la gente de Gerona, que llevan varios días sin luz, sin esa cosa que llamamos corriente y que se nota que cada vez es menos corriente. Por cierto, Endesa, la misma empresa de Unelco, intenta resolver los cortes de luz en Cataluña. Pero no entienda esta columna radiofónica como otro ataque contra Endesa, que la pobre ya tiene bastante, sino como una reflexión sobre lo comodones que nos estamos poniendo los usuarios.

Está muy bien tener luz, agua, Internet y televisión en casa, es de lo más normal: abres el grifo pero te bebes el agua de un botellín, y cosas como éstas tan graciosas. Pero cuando algo de esto falla o funciona mal, nos ponemos muy pesados. Vamos, que se nos está pegando esa cosa del lenguaje político de “exijo que me pongan la electricidad pero ya” o “exijo que este servicio sea perfecto las 24 horas del día”.

Ya, vale, todo muy bien, pero hay cosas en este mundo que entienden poco de exigencias. O sea, una lluvia que anega media isla o una nevada que paraliza toda una región. Contra eso poco se puede hacer. Es cierto que condiciones meteorológicas tan desfavorables, todo lo que está mal arreglado se estropea más rápido. Pero no es menos cierto que cuando la cosa se pone muy mala, por muy exigentes que nos pongamos, no hay manera de que enganchen la electricidad antes. Nos hace falta ser más pacientes y comprensivos, dos virtudes que últimamente se practican poco, porque algún día se cometerá el mayúsculo ridículo de pedir dimisiones y exigir que nos pongan Internet después de una erupción volcánica o de que un meteorito arrase la central eléctrica de turno, porque por pasar, puede pasar.

jueves, 11 de marzo de 2010

Eutanasiando

Cuánta paciencia, martes 9 de marzo de 2010

Las palomas son unos animales listos, se aprovechan de cualquier miga que se nos cae para seguir viviendo. Pero las palomas son fuente de enfermedades y sus excrementos destrozan fachadas y esculturas, además de que te fastidian la tarde si te caen encima, el excremento, digo. Por eso, en las ciudades civilizadas de vez en cuando controlan, entre comillas, a la población de palomas. TelevisiónCanaria acaba de emitir una noticia sobre este control. Salía una responsable del asunto diciendo que luego a casi todas las palomas las “eutanasian”, en un extraño requiebro para no decir que se las cargan.

El verbo eutanasiar no existe, lo dice la RAE, pero da igual, porque si por algo se caracteriza el mundo de lo políticamente correcto es por buscar el palabro imposible para esconder la palabra real. Con tal de no decir que matan a las palomas, se larga esa burrada del eutanasiamiento. Porque resulta que hay mucha gente que da de comer a las palomas callejeras, incluso hace tiempo llegaron varias quejas a TelevisiónCanaria por la emisión de otra noticia similar sobre la captura y eutanasiamiento de animales.

Esto entra de lleno en el famoso debate sobre el sufrimiento animal, el asunto de los toros. El hombre es un ser omnívoro al que le gusta bastante la carne y los productos de origen animal. Para conseguir estos productos de origen animal, hay que matar a esos animales. El ser humano se caracteriza también porque muchas veces siente más cariño por otros animales que por sus propios congéneres. No digo de hacer el bestia con las bestias, pero como siempre, habría que buscar un punto de equilibro, un cierto control contra el maltrato animal innecesario, pero también un cierto control con algunas tonterías mayúsculas, como esa de ponerle un abogado da los animales, una medida que pusieron en referendo en Suiza y que, curiosamente, no salió adelante. Y por cierto, cargarse no unas cuantas, sino bastantes palomas de nuestras ciudades no vendría nada mal.

Basura digital terrestre

Cuánta paciencia, lunes 8 de marzo de 2010

Un señor con barba dice que la TDT trae más interactividad, más canales y mejor imagen. En el mismo medio de Internet que publica el encuentro digital con José Antonio Quintinela, que es uno de los muchos responsables gubernamentales en esa cosas llamada TDT, saca un listado de las peores presentadores de esa cosa llamada Call TV.

Ganó Begoña Alonso, que escribió canguro con j, o sea, canjuro, y pingüino, pues bueno, como si fuera pingueneo. Insuperable, como aquel momento en el que un concursante acertó un premio pero, sobre la marcha, inventaron una regla nueva para no darle unos miles de euros al ganador.

Porque así es la TDT, un montón de tertulias metiéndose con Zapatero y un montón más de esa cosa llamada Call TV, o sea, teóricos concursos que ocupan toda la noche donde se plantean pruebas sencillísimas que nadie acierta. Este tipo de concursos son tan fraudulentos que el gobierno ya los reguló al menos dos veces, y siguen haciendo el quinqui. Los concursos son tan desastre que consiguen que cada madrugada, todo el mundo vea cualquier otra cosa menos estos famosos concursos.

Entonces, ¿para esto montamos el pollo de la TDT? Pues sí, para tener muchísima más televisión, pero qué televisión. La TDT en realidad fue el descubrimiento para muchos empresarios de que la televisión no es esa panacea que nos dijeron, que hacer televisión medianamente digna es muy caro, y mantener un canal con programación propia es tan complicado como para que ahora la parrilla esté llena de Call TV y de consultorios del tarot, de muchísimas tertulias, eso sí, todo ello en con más canales, con mejor imagen y con muchísima interactividad, tanta como que ellos nos intentan engañar y nosotros cambiamos rapidísimo de canal.

No sean pesados

Cuánta paciencia viernes, 5 de marzo de 2010

Oigan, por más que escucho las posiciones de las partes enfrentadas en esto de los toros, soy absolutamente incapaz de adoptar una postura clara. Si es por sufrimiento animal, deberíamos dejar de comer chuletones, porque no me dirán ustedes que a los bueyes en los mataderos se los cepillan a besos. Si es por arte, pues tampoco se entiende que necesidad tenemos de andar haciendo el tonto delante de un toro mientras la sangre sale a borbotones del animal. Tampoco entiendo esas comparaciones excesivas con la ablación genital. Pero cada vez se descubren nuevas investigaciones que hablan sobre el sufrimiento animal, y ciertamente, podemos considerar que el ser humano tiene un camino recorrido desde aquel ser de las estepas que corría detrás de los mamuts.

En fin, que podríamos considerar que la evolución se basa en eso, en vivir sin tocarle mucho las narices a los demás, aunque sea un toro, en no ser una persona insoportable, en conseguir que nuestra actividad diaria consista en ponerle las cosas fáciles a los demás y no ser pesado. Porque, como bien decía El Gañán de La hora chanante, en esta vida de puede ser de todo, menos pesado.

Ocurre justo lo contrario. Nos tropezamos cada día a un montón de gente pesada, un montón de gente cansina empeñada en comernos la oreja, en que no dejemos de fijarnos en ellos, gente que no para de hacerte la vida imposible en diferentes grados. Claro, todo esto tiene el mismo peligro que conducir un coche. Cuando uno conduce un coche, está convencido de que el resto de la humanidad conduce fatal. Cuando uno piensa que la humanidad está compinchada para volverlo loco, a lo mejor es ese uno el que vuelve loco al resto de la humanidad. Oigan, piensen en ello. ¿No serán ustedes unos pesados?