Mostrando entradas con la etiqueta Música. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Música. Mostrar todas las entradas

lunes, 28 de septiembre de 2009

Dos tazas de baile

Crónica Costa de Músicas, sábado 26 de septiembre de 2009.

Si lo decía en la crónica del Costa de Músicas 2009 edición sábado: tú preocúpate por el directo, que para hacer música que emocione hay que tener algo más. Quizá me dejo llevar por la endogamia, lo contrario a la endofobia, cuando analizo el Costa de Músicas en su cuarta edición y me quedo con la idea de que los únicos grupos que me dijeron algo, que fueron capaz de estructurar un discurso musical por encima de las imposiciones del público bailongo festivalero, fueron los dos canarios: Zürych y, sobre todo, The Good Company.

Se defiende fácil la postura Ledesma. El sábado, hubo dos tazas de lo que les conté para el viernes: grupos efectivos para el directo pero de los que corría siempre la misma opinión entre los que saben algo de esto de la música: “Divertidos, pero no me compraría un disco de ellos”.

En ese tramo efectista de la música en vivo ejecutaron un máster La Selva Sur, otra banda multitudinaria, en personal sobre el escenario y en estilos del repertorio. Suenan ensayados y perfectos, pero musicalmente son un páramo: fiestita y vacío a partes iguales ahora, impecables en la parte técnica y en la intención por montar la fiesta.

La principal decepción de la noche fue la de Kokolo Afrobeat Orchestra, otra demostración más de las limitaciones geográficas de la música. Por mucho que lo intenten, y por muy multinacional que sea la propuesta, un grupete de neoyorquinos haciendo afrobeat no deja de ser un grupete de neoyorquinos haciendo afrobeat. Perfectos repentizadores, correctísimos en todo pero sin ese pulso sudoroso y alocado que le inyectaría ocho negrales de Nigeria haciendo justo los mismos temas.

El imposible geográfico de la música de nuevo se manifestó como Mo’ Horizons. Estos son más espabilados porque cuentan con un par de productores competentes que practican el sabio arte del saqueo escondido en la sampledelia fina. Cuando occidentalizan la salsa saben a croqueta ultracongelada (que ni es croqueta ni es ná), pero luego se descuelgan con un bugalú impecable. Mejores en la parte más negroide del experimento, graciosillos y punto en el lado salsero.

La crónica de Cycle podría hacerse sacando frases del resto de los grupos: también eficaces saqueadores y deliciosos oportunistas, pero aprendiendo lecciones. David Kano tiene en su haber dos de los experimentos musicales más insufribles de España, los propios Cycle y los inaguantables Krakovia, que es como Cycle pero en rock. Ahora, el caballero aprende y en el nuevo trabajo del grupo consigue sonar moderno sin pecar de aprovechado. Incluso su directo se hace más eficaz gracias a unas bases mejor trabajadas sobrecargadas de gordura en los bajos. Cerraron escenario con la gente vuelta loca y como bien dijo una del público: “Ya pueden estar tocando hasta las siete de la mañana que nosotros seguiremos bailando”.

Dejo para el final a The Good Company porque fueron el único grupo en todo el festival que se salió del guión, pero es que ellos ya son así. Intensos, emocionales, delicados, incluso introspectivos. Una rareza para la música alternativa, tanto canaria como española. Su tendencia de hacer los temas algo largos no oculta que saben cómo montar una canción para hacerla aún más bonita. Ahora están en plena fase de relanzamiento de su primer disco, y sería una injusticia que no recibieran la atención que merecen.

Costa de Músicas cerró su cuarta edición con un enorme éxito de público y consolidado como un festival que sabe ofrecer propuestas diferentes sin perder de vista la diversión como eje.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Costa de Músicas: efectismo y directo

Costa de Músicas, viernes 25 de septiembre

La separación entre el disco y el directo es un terreno vacío donde muchos grupos se mueven buscando el beneficio propio. Bandas que no soportarías en CD (o en MP3 o en streaming o en lo que ustedes pirateen) te alegran una noche de festival, si suenan en el momento adecuado.
En la primera entrega del Costa de Músicas se manifestaron varios de estos ejemplos, con victoria para los grupos con discursos musicales planos, cuando no directamente anodinos, que prefieren dedicar el talento a exprimir los trucos de la actuación eficaz y epatante para la masa con ganas de diversión.
Zürych son del banquillo contrario. Si en su anterior trabajo sonaban poperos, incluso blanditos, sobre la tarima se aúpan en el amplificador de válvulas y la distorsión de toda la vida para acercarse más al power pop. Son una grandísima noticia, demasiado tiempo oculta en su Lanzarote natal. Un directo impecable sobrecargado de grandes canciones bien trabajadas, una calidad instrumental descarada y sobre todo, el dinero que se nota en los equipos, porque muchos niñatos aún no saben que la clave para que una guitarra suene bien a veces se queda en tener una buena guitarra, un buen ampli y unos buenos pedales; y luego queda la habilidad con el acorde. Con temas como el ‘Vámonos’ que cerró su actuación, adelantan un disco próximo disco que va para obra definitiva del pop de guitarras canario. Lástima que la fuerza escénica que se quede en su fantástico vocalista.
Luego fue el turno para Silvia Superstar, cada vez ante más público en un Costa de Músicas que regresó a su ubicación tradicional, en un aparcamiento junto a la playa de Bastián, en Costa Teguise, Lanzarote. Silvia emplea sabiamente las herramientas de la seducción y el pavoneo neo pin up para engatusar a la audiencia masculina, pero también cuenta con poso musical. Su intención de mezclar rock sucio con electrónica despierta la atención gracias a lo bien que prepara sus canciones para ganar la confianza del baile, aunque se pierde en un inglés guachiguachi bastante insufrible. Respaldada por dos componentes de The Blows (gran banda que se define en lo que me comentó su guitarra en el camerino: “Es que los de Vigo somos la ostia”), su directo es divertido y seductor, tal y como se espera de ella.
La gente fue el viernes al Costa de Músicas a ver a La Excepción, un grupo en boga gracias a la presencia masiva de El Langui, que si programa de radio, que si libro, que si película, un no parar lo de este muchacho. Directo divertido, aupado en el meneo constate del Gitano Antón, grandes éxitos para el final y público contento.
Empezaron entonces los ejemplos de discurso musical simple superados por la efectividad en directo. Mamba Beat es un grupo que está bien para programar a ciertas horas en festivales para público chola: ese que acude a mover el cucu sin demasiadas veleidades emotivas. Son un auténtico camelo, una imposible banda bilbaína que quiere ser afrobeat y neo funky pero sin guitarra, un total disparate. Su directo bien trabado oculta para los bailones alcoholizados su desastre conceptual, un desaguisado que se resume en su presunto homenaje final a Celia Cruz: hay orquestas de verbena peninsulares que tocan salsa con más dignidad. De nuevo se confirmó la imposibilidad geográfica: no se puede ser sabroso si eres de Bilbao, al menos musicalmente que otro cantar son los pintxos.
Esa misma distancia entre propuesta musical e intensidad en vivo se produce con La Phaze. Su estilo huele más que el sobaco de un encofrador: un poquito de drum’n bass por aquí (o sea, Asian Dub Foundation a tope), otro poco de rock contestatario (o sea, Rage Against the Machine, que los de Morello no tienen culpa de la nefasta influencia que dejaron en la música popular), y cuando esperas que van a tocar un reggae, lo hacen calcando líneas melódicas de Bob Marley. Lo curioso es que se ganan al respetable por su credibilidad, por la calidad de sonido que siempre se asocia a los proyectos franceses (tienen buena escuela) y porque siempre mola ver a un gabacho parloteando letras en franchute que si las entendieras, seguro que te entraba la risa por los topicazos y los lugares comunes.
Como es habitual en el Costa de Músicas, diez en organización y un once para el buen ambiente.

domingo, 13 de septiembre de 2009

CATH: la virtud de la diversidad

Vivimos una de las mejores épocas de la música alternativa en Canarias, por no decir la mejor. Eso se lo defiendo a usted en un duelo a espada si hace falta. Jamás tantos proyectos alternativos canarios contaron con tanta proyección exterior, jamás tuvimos artistas de impacto alternativo internacional (sí, El Guincho), y todo eso en un momento en el que veteranos de la escena (Ataúd, Coquillos, Pista Búlgara) saben mantenerse en activo con algo más que dignidad. Pero la mayor virtud actual de sonido macaronésico es la tremenda variedad: salen grupos como setas y salvo algunos repentizadores que todavía le están pillando el truco, todos esos grupo son diferentes, de su mami y de su papi.

La edición de Canarias at the Hotel fue una buena muestra de esa diversidad biológica. Si quizá pecó de algo de falta de riesgo en su programación de grupos nacionales, donde primaron los sonidos del pasado, en la selección regional optaron por el asunto heterogéneo. Esta crónica, volcada en la edición del pasado sábado 12 de septiembre porque el 11 al menda le fue imposible acudir, demuestra la tesis de partida, que para algo el blog, la tesis y la crónica son mías.

Canarias at the Hotel (CATH) es una cita que toma un hotel al asalto y lo llena de actividades diversas: conciertos y sesiones de selectores en la piscina, catas de vinos en un jardín con aderezo de la comida paquistaní del señor Tariq (que si se monta un catering paqui, se forra), toda una planta con habitaciones temáticas dedicadas a exposiciones y a muestras de sellos discográficos, y tres espacios para la música en horario nocturno: conciertos, Honky Tonk (para sesiones más o menos pop, que fue más bien menos) y electrónico. Así lució el decadente hotel Panorámica Garden de Los Realejos en Tenerife. No se puede pedir más para un fin de semana completo pues incluso permitía a los asistentes que lo pagaran alquilar habitación. La oferta era jugosa, y solo la ubicación en fechas, no del todo acertada, y también la lejanía del hotel del área metropolitana de Tenerife, donde se concentra más de la mitad de la población de la isla, evitaron un reventón; pero gente para disfrutar y para hacer ambiente había y de sobra.

Del viernes, las ojeras y sonrisas del mediodía siguiente contaban que fue delirante; todos hablaban del directo trepidante de Los Coronas, grupo al que este comentarista le reconoce la pericia instrumental y el gamberrismo, a la vez que les intenta comprender el por qué de tanta atención y éxito para una banda que no deja de hacer surf instrumental, con todo lo que ello supone (que al cuarto tema esté prácticamente todo dicho). El sábado, las ojeras y sonrisas estaban aún más contentas tras la fantástica cata de vinos canarios comandada por Sergio Santos, el sumiller rockabilly, y su equipo. Luego era cuestión de dejarse caer por la piscina donde Robles y Ledesma, Two Mierda DJ, estábamos en nuestro mano a mano particular, tema uno tema otro, y riéndonos un rato. Pena que nos olvidáramos de comentar los cortes en vivo, que esa era la idea, porque a ingenio no hay quién nos gane… o puede que sí.

La ración de Saturday’s Afternoon Lives la abrió Nicotine Swing, primer ejemplo de que quedan pocos estilos en Canarias que no tengan su referente en grupo: gipsy jazz en un grupo que suena a disco de pizarra, con dos guitarras, contrabajo y acordeón: varios componentes de los excitantes Karlovy Vary en la formación, pericia técnica, repertorio algo obvio en algunas versiones pero sensación de buen rollo y muchas ganas de buscar pareja de baile.

Para la noche, después de que Carlos Gamonal y Oliver Behrmann se inventaran la autopsia de un alien de gominola (los pulmones eran sendos trozos de foie, no se lo pierdan) y de la danza de Roberto Torres, que todo el mundo venía como extasiado, el papelón de abrir directos fue para COMSAT, uno de los grupos vencedores del concurso de bandas del CATH. No había mucha gente y los de Pablo nunca entraron en materia. Lo curioso es que, a pesar de las adversidades, una de las promesas más rimbombantes de la temporada alterativa isleña sonó como un cañón. COMSAT son un ejemplo de cómo mover a tu grupo: curro, llamadas y cuando nadie te hace un concierto, te lo montas tú. Es de los pocos grupos que voluntariamente y sin pedírselo mandó por iniciativa propia su maqueta al programa del menda: ‘Canarias ruido’, algo que dice mucho de COMSAT y sobre todo del pasotismo y la falta de profesionalidad con la que se mueven el 75% de los grupos en Canarias: ¿tiene sentido que un grupo se presente a tocar en un festival donde hay sellos, artistas y promotores de la Península, además de público interesado en tu música, sin una puñetera maqueta encima? Pues por desgracia, esa es la norma.

Cumbia Ebria fueron los triunfadores de la noche: cumbia casposa, corridos, sonidos balcánicos, disparates varios y sobre todo unas insanas ganas de montar el pollo. Seis cafres desde Lanzarote que se lo pasan de muerte sobre el escenario y que igual le regalan una botella del licor al respetable (“La queremos de vuelta, pero vacía”, dijeron) o montan una conga con el público. En algunos momentos suenan trasnochados y se lían bastante con las estructuras de las canciones, pero son excelentes músicos y sobre todo son unos grandísimos payasos (yo le tengo muchísimo respeto al término payaso, me encanta la gente que hace el payaso y este mundo iría mejor si hiciéramos más payasadas). Hacía mucho tiempo que no me reía a carcajadas en un concierto canario por la intención del grupo de hacerme reír, no por su desastre artístico.

Lo de Indier es un hecho casi metafísico: el primer grupo canario con look, como los bautizó Carlos Robles. Pues sí, un grupo que se viste para subir al escenario, acaba el concierto y sale en chándal a tomarse una cerveza. Lo del vestuario fue motivo de debate: ¿dónde se comprarán esa ropa? Este Ledesma concluyó que se la cogieron a sus padres. Indier practican el primer rock progresivo de la segunda mitad de los sesenta, se miran en Jimi Hendrix aunque a veces terminen pareciéndose a Iron Butterfly. Y van vestidos precisamente de eso, como si alguien abriera una cápsula del tiempo fechada en San Francisco, año 1969. Tienden a ser repetitivos pero se notan que están absolutamente convencidos de la contundencia de su propuesta. Al sonido, aunque correcto, le faltó peso y rotundidad. Otra muestra más de diversidad canaria.

La parte fuerte de la noche llegaba con Sex Museum: profesionalidad, sonidazo, actitud, imagen… y pare usted de contar. Uno de los mejores músicos canarios en activo los sentenció al tercer tema: “No todo puede ser actitud, la música siempre debe ser lo más importante”. Rigurosamente cierto, a pesar de su veteranía, dejaron la sensación de que les faltan canciones.

sábado, 22 de agosto de 2009

Ataúd en La Palma

No le dije antes que quiero retomar la parte que más echo de menos de cuando era periodista de papel: la crónica de conciertos. También extraño la crónica de restaurantes, pero esa es otra historia (algún día hablaré de las durezas de la profesión del cronista gastronómico, algo que a la gente le da mucha risa y a los profesionales del periodismo del comer mucha acidez de estómago). Por eso, como reabro el blog, el blog es mío y publico lo que me da la gana, como todos los blogueros all over the World, vamos con una de crónica musical.
El debate sobre la posibilidad de envejecer dignamente en el rock hace tiempo que está sobreseído. Sí, es posible ese pureteo del rock, siempre que o no existan alternativas a la propuesta pureta y siempre que se mantenga algo más que dignidad y decoro. En el caso de Ataúd Vacante, se dan las dos variables. A pesar del grandioso momento de forma de la música alternativa hecha en Canarias, siguen con la mejor colección de canciones de estas siete islas menguantes. A pesar de que a veces echas de menos la fibrosa juventud de Silver, lo cierto es que Silver ahora está que parece un anuncio de Wistrol; más de una humedeció las bragas el viernes 21 de agosto en la plaza de Santo Domingo en Santa Cruz de La Palma.
Tenía ganas de pegarme el concurso Saperorock entero, sobre todo para ver si otros jurados montan el mismo pollo que los jurados de los que yo formo parte, pero obligaciones que a ustedes se la traen al pairo lo impidieron. De todas maneras, todos los seres humanos consultados coincidieron en que ganaron los mejores, así que eso ocurrió porque este Ledesma no estaba en el jurado y punto pelota.
Ataúd arrancaron con ‘En facturation’ para enganchar con ‘Deslumbrante baby’, ‘Subiremos al cielo’ y empatar con las cafradas proto punks de su primer disco ‘Nichiquitaunamosca’. Era la primera vez que los veía en directo como concierto completo desde su regreso, quitando el miniconcierto del día de la presentación del libro del gran Juanma Pardellas, el día de mi homenaje en vida y el día del Espacio Enter.
Uno estaba ahí mirando mientras repasaba en la memoria los demasiados recuerdos de los grandes conciertos de Ataúd AR (antes del regreso), que si el Viera y Clavijo, que si aquel par de actuaciones en la recordada Ruta 66 con Sito Morales al bajo, que menudo disco que acaba de sacar Sito, por cierto. Mala cosa dejarse arrastrar por eso llamado nostalgia, sobre todo cuando la bruma del recuerdo que impide paladear el presente (toma frase cursi).
Lo cierto es que unos Ataúd fallones, aún fríos y con un sonido un tanto sepulturero tampoco ayudaban a dejarse llevar por la pasión. Pero poco a poco, la maquinaria muestra el nivel de engrase. Temones, sonidazo y actitud, si tampoco es tan difícil ser un buen grupo de rock. Cuando la cosa deja atrás el ritmo galopante de sus primeros tiempos y se abre a los grandes temas de la segunda etapa, era ‘Chorros de amor’, no queda otra que entregarse a la mejor banda de la historia en esta parte de la Macaronesia. Somos pejigueras y seguimos recordando los grandes momentos de otros momentos, pero cuando cantan ‘Flores en tu tumba’ o cuando Carlos Catana hace totalmente suya la primera estrofa de ‘Mi hobby es matar’, ahí se murió la duda, se fue a tomar por saco la nostalgia y queda la cruda realidad. Y encima confirmada por temas recientes como ‘Un verano eterno’, otra demostración más de que la madurez no es un lastre, sino que mejora un producto tan fantástico, laja, enternecedor y definitivo como el de Ataúd Vacante. Hasta el bis descontrolado de ‘En facturation’ y el Fafe muerto de la risa en la rifa final de una guitarra y muchas camisetas, en un gran momento cena-baile, forma parte de la gran anécdota, de la monumental broma, del grandioso montaje del este rock que nos hace muy felices. Mientras tanto, en el resto de Santa Cruz de La Palma, miles de jóvenes bebían con cara de saber mucho sin tener ni puta idea; ellos se lo perdieron.

viernes, 13 de julio de 2007

Maná no mana

iba a titular esto "Maná me la mama", pero me pareció un punto basto.
En fin, que me quedo con esa impresión tras soportar una hora justa del concierto de Maná. Los mexicanos son los grandes embaucadores del stadium rock. Incluso, como tantos otros figurines, ocultan sus carencias ante un ejercicio de pirotecnica, efectos visuales y pantallas de leds que al final se convierten en lo realmente importante del concierto. La música queda por debajo del espectáculo.
Uno corre el temor de ir en contra de la opinión de las casi 40.000 personas que, dice la organización y me lo creo, abarrotaron el estadio Heliodoro Rodríguez López el jueves 12 de julio, pero tampoco es plan de ponerse más basto recordando el famoso refrán de las moscas y su pasión por la mierda.
Cuando asisto a estos actos de mesianismo colectivo, me reafirmo en mi idea de que, en música, prefiero ser un pesado elitista que un simplón convencido.
Maná, en definitiva, me parece una puta mierda de grupo: repetitivo, pretencioso, demagógico, exagerado, en absoluto inspirado y que se camela al público con la típica canción que se resume en "no soy nada sin tu amor", una gilipollez como la copa de un pino. ("La mejor relación de amor es la que vives contigo", Carrie Bradshaw, viva el egocentrismo).
Confieso que durante la hora de concierto que aguanté (dicen que el asunto acabó a las dos horas y media, y luego ellos pretenden que lo soportemos), sentí deseos homicidas y suicidas. Deseé que el miembro del grupo que escribió una tontería de canción sobre que tú me salvaste del infierno, pues en realidad cayera en el infierno. Deseé que Fher se sacara un ojo con una cuerda de guitarra rota. Deseé que el set de batería se viniera abajo en medio del insufrible solo de percusión de diez minutos. Al bajo de Maná le deseé que buscara otro grupo, porque el pibe se nota un montón que está hasta los cojones. Es el único que tiene cara de inteligente y que no hace morisquetas durante la actuación. Se limita a tocar a lo Bill Wyman, con cara de palo. Al guitarra también se le nota algo que pasaba por ahí, pero bueno, es el guaperillas de la banda.
En fin, que si en alguno de sus momentos orgiásticos se hubiera hundido el escenario, mi aplauso habría sido estruendoso.
Ahora me tocará hacer una crónica para el periódico, pero creo que seré ético y lo dejaré en una columna de opinión, por un mínimo de honradez con el público y con esta profesión. No tengo el cuerpo para hacer la crónica de un grupo tan nauseabundo ni de un concierto tan pésimo.

Espero que los Maná no manen más. Y a ver con qué gracia nos sorprenden en nuestra ración de "concierto masivo latino" para el próximo año en el Heliodoro. Puestos a comparar, habría sido la otra cara de la misma moneda ponernos en el mismo sitio a Fito y Calamaro. Cualquier cosa, incluso Dover, antes que estos coñazo de Maná.


sábado, 21 de abril de 2007

Divinidad

Tras cuatro años y pico, por fin veo en la sala sinfónica del Auditorio a un artista que ni es un flamenquito para todos, ni un rosano ni un Sabina. O sea, que por fin uno de esos alternativos entra en el Auditorio y en la sala grande. Me parece que es el primero, si no me falla la memoria.
Cuatro años para esto, claro, porque ahora nos ponemos a recordar el desorbitado gasto para la obra y lo poco que se pensó en que el Auditorio necesitaba... estoooo, ¿cómo se llama eso? ¡Sí, una programación!
Pero como el tema iba de tener un edificio emblemático para que vinieran a grabar anuncios en Tenerife, pues que dentro del Auditorio hubiera algo era lo de menos. Ya ensaya allí la Sinfónica, así que de aquí a siglo y medio, amortizamos el edificio.
De todas maneras, me trago todas mis críticas después de ver a Nick Cave esta noche en el Auditorio. Impresionante, un trozo de divinidad en forma de música. ¡Y solo por 40 euros! Cultura para todos
(Yo, como soy de los pocos o el único que hace reseñas de conciertos en esta provincia, me acredito, pero aún así me parece un disparate los 40 euros de entrada).
Y ayer Public Enemy, más baratos, pero con poco público para ser Public Enemy, una nueva decepción con la audiencia isleña, pero es lo que somos y eso es lo que hay.

Por cierto y a modo de posdata. Algunos políticos áticos está cayendo en el craso error de comparar las críticas que recibió el Auditorio antes de su inauguración con las que ahora le dedican al tranvía. Mejor callarse porque las dos obras son un calco: de justificación difusa, con presupuestos descontrolados vaya a saber usted por qué, con enchufismo en sus listados de personal, con finalización chapucera y con una utilidad que ya se verá, sin contar su vinculación preelectoral (¿cómo se las arreglarán estos para hacer coincidir el fin de las obras siempre con la época preelectoral?). El Auditorio era necesario, pero para hacer algo dentro de él. Ahora, insisto, si tuvimos que esperar cuatro años para un Nick Cave, bien esperados que están. Que no pierdan la maña.

lunes, 26 de febrero de 2007

Misantropía

En el concierto de Gilberto Gil de anoche casi puede la misantropía con el disfrute de un recital antológico.

Sería por el cansancio post carnavalero, cansancio de marchas y cansancio de polémicas, pero este de aquí estuvo un buen rato bufando por el extraño comportamiento que se extiende entre el público que asiste a un concierto de música popular.

Dejo de lado el tema de que la audiencia cante, y más si es el propio músico quien lo solicita, como así ocurrió. Allá él si quiere darse ese baño de egocentrismo y también de emoción. Los conciertos no son karaokes. Para escuchar a mi vecino de butaca, mejor lo invito a unos vinos en La Matanza.

El mosqueo viene por otras cosas. Primero por esa costumbre de gritar la canción de TÚ quieres escuchar en los interludios entre tema y tema. Esta manía desembocó en dos momentos, un triste y otro jocoso. El primero fue cuando, ante los gritos, el propio Gil pidió, con algo de pena: "¡Déjenme seguir!". El segundo fue cuando un despistado del público -seguramente uno de esos que, de manera inexplicable, se levanta en medio del concierto, obliga a que se levante a su vez toda su fila, y sale del recinto no se sabe muy bien a qué-, el colgado éste digo que va y le pide un tema ¡que Gilberto ya había cantado! El verdadero bis.

Luego están los aplausos al comienzo de esa canción que TÚ estabas esperando y que impide escuchar precisamente esos primeros compases de esa canción. Si tanto te gusta y tanto esperabas ese tema, ¿a qué viene cargártelo con unos aplausos que solo vienen a corroborar TU buen gusto? Pero bueno, en una audiencia acostumbrada a cantar cuando nadie lo pide, es normal que también aplaudan cuando no viene al caso.

Y por fin está el desembarco de la tecnología chorra en el mundo del concierto en recintos cerrados. ¿Qué es mejor, llevarse de recuerdo en la memoria un concierto que seguiste paso a paso con atención, o quedarte con una foto espantosa sacada con el móvil o una imagen patética tomada con una cámara digital? Delante de mi butaca, una chica se pega tres canciones trasteando con una cámara. ¿Para qué pagó la entrada, para aprender cómo funciona su aparatejo digital? Además, cualquier persona con dos conocimientos de fotografía sabe que emplear un flash en las condiciones de oscuridad de un auditorio, además de por la lejanía del escenario, es una tontería. Todas las cámaras actuales traen la opción de tomar fotos sin flash. El fotógrafo oficial del Auditorio toma fotos sin flash. Al principio del concierto un mensaje grabado te dice que no tomes fotos con flash. En esto llegas TÚ, ¡y tomas las fotos con flash!

En fin, por suerte estaba delante un Gilberto Gil enorme que se mandó más de dos horas de concierto, repasando sus grandes canciones, revisando versiones deliciosas, recuperando su música más combativa, hablando lo justo y bien (aunque se olvidó de su pulido castellano a la hora de concierto); un gran concierto que ni siquiera los domingueros de la música pudieron machacar.

Todo esto se arreglaría con dos asuntos: buena educación y evitar el egoísmo que nos atenaza y que nos obliga a pensar sólo en nosotros, en nuestro buen gusto y lo guapos que somos... Y en que le tenemos que enseñar a todos las fotos birriosas que tomamos en el concierto para decir que sí, estuve allí.

En fin.

miércoles, 24 de enero de 2007

Música y espectáculo

Dos conciertos la semana pasada en el Auditorio, en medio del maremágnum subvencionadísimo del Festival de Música de Canarias. Un inciso: siempre será fácil subvencionar la música clásica porque la música clásica (o culta o sinfónica o como quieran llamarla) siempre es la misma; lo complicado es tener olfato para subvencionar otras muestras de creación musical que están por explotarse: para eso hace falta criterio.

Las dos citas en la sala de cámara ayudan a entender los diferentes mecanismos que emplea la música para llegar a su público, y también la distancia que existe entre habilidad técnica y habilidad artística.

El grupo vocal estadounidense Rockapella podría caer en el tópico de otra agrupación más que con solo sus voces reproduce canciones de siempre. Sinceramente, uno fue al concierto preparado para la horterada y se encontró con el espectáculo de primera fila. En Rockapella todo está pensado, todo está ideado para hacer disfrutar al espectador (y cliente) de un par de horas divertidísimas. Pero hay algo más: detrás de esa careta del show business típica de los estadounidenses, hay calidad artística, cuatro voces y una batería humana ensambladas pero también sentidas. Fue divertido, pero también bonito.

En cambio Stuart Staples no hace la más mínima concesión a eso que llamamos espectáculo. Presenta pocas de sus canciones con un hilo de voz ininteligible, y con unas maneras delicadas y elegantes. Toda su fuerza está en su arte, pero sale vestido con chaleco y pantalón de traje, y en su banda abundan las americanas. Donde unos confían en el espectáculo medido, el otro se centra en la potencia emocional. ¿Quién tiene razón? Los dos, y que viva la música.

viernes, 15 de diciembre de 2006

El ritual

Las cenas de empresa prenavideñas tiene la virtud de que obligan a los que vamos de alternativos musicales a visitar los garitos donde la plebe disfruta con el meneíto chungo.

Por una vez en el año, te ves arrastrado a locales nocturnos que no pisarías en la vida. Quien haya padecido uno de estos regímenes alimenticios tipo talibán que prohíben el alcohol, o quien simplemente no tenga ganas de cogerse la torrija del siglo ante los colegas de curro y opte por no beber en tan señalada cena, puede asistir a un espectáculo más divertido que el propio pedo: el rito humano en la discoteque changa, y todo con la clarividencia de la abstinencia.

Primera parada, la puerta. En pleno siglo XXI a ciertos locales de Tenerife todavía les preocupa más que lleves tenis, aunque sean de marca y cuesten media paga, que luzcas unos mocasiones trasnochados que compraste por dos euros en el Rastro. La noche es como las elecciones en Canarias, tiene que ocurrir algo para que descubras que nada cambia.

Segunda parada, el ritual previo al imposible apareamiento del interior. Mientras suena la mezcla de moda actual en lo que a música se refiere (reguetón-Shakira-Maná-¡Huecco!-reguetón-reguetón-Shakira-Marc Anthony), grupos de pibitas pasean pavoneándose mientras te clavan la mirada, pero no en plan dejarse caer; te miran para llevarse el regalo de que tú las mires y ellas te devuelven una de esas caras que están ahora de moda entre las chicas jóvenes, una eficaz mezcla de desprecio y chulería. El grupo de pibitas elige un lugar, se pone a bailar en formación cerrada, todas orientadas hacia el centro de esa formación. En breve, grupos de pibitos y/o puretas se acercan para bailar alrededor de ellas mientras se hacen los graciosos y ponen cara de interesantes. Alguno se atreve a sacar a una de ellas a bailar, a lo mejor acierta, a lo mejor no. Y así repetidas veces. Puede que alguno ligue, o eso se rumorea por ahí.

Lo mejor, la cara de tontos que se nos pone a los santos varones cuando una chica atractiva baila cerca de nuestro radar. Lo todavía mejor, los desfasados que no salen nunca intentando dar muestras de sapiencia en el baile de salón y en el saber estar nocturno. Lo aún mejor, ver a ese tipo que está apoyado contra la pared y preguntarse por qué demonios sonríe (puede que fuera este blogero).

Conclusión: retírate una vez termina la cena o bebe mucho, y a la chica que te gusta del curro, mejor que la invites a un cine, una exposición, un paseo por Las Teresitas pre súper obra (o súper querella) o a cualquier otra cosa que no sea una discoteca con reguetón-Shakira-reguetón.